La noche anterior a que mi única hija se subiera a ese avión con destino a Australia, apenas dormí. Me quedé mirando su valija cerrada, las etiquetas con su nombre, los pasajes impresos sobre la mesa. Sabía que ese momento llegaría, pero la teoría nunca alcanza para amortiguar la realidad.
Esa imagen —su silueta alejándose por el control de seguridad del aeropuerto— era una de las más nítidas de mi vida y no quería repetirla, por eso ni quise acompañarla a Ezeiza.
Cada historia de migración es única, pero todas las madres que vivimos este proceso compartimos un sentimiento común: la ausencia que se instala en la vida cotidiana. No es solo el extrañar; es aprender a habitar el mundo de otra manera, a llenar espacios vacíos, a reformular los tiempos y las expectativas.
Y en ese proceso, una se da cuenta de que no solo los hijos emprenden un viaje: nosotras también lo hacemos. La pregunta es: ¿cómo lo transitamos?
"Aprendí a celebrar la vida de mi hija"
En los primeros tiempos, la tecnología fue mi aliada y mi enemiga. Las videollamadas me mantenían cerca, pero también me recordaban todo lo que me estaba perdiendo.
Un día me descubrí esperando sus mensajes como si fueran latidos, me di cuenta de que sus mensajes por whatsapp me resultaban escasos, que me dejaban gusto a poco y supe que algo tenía que cambiar. Fue entonces cuando entendí que la clave no era llenar el vacío con más presencia virtual, sino con una vida propia más rica y plena.
Lo primero que hice fue reconstruir mi rutina con sentido. Volví a escribir con disciplina, retomé amistades que habían quedado en pausa y me animé a proyectos que siempre postergaba. Aprendí a celebrar la vida de mi hija, sin que su lejanía definiera la mía.

Me permití estar triste cuando era necesario, pero también me obligué a salir de ese lugar. Porque hay algo fundamental que todas debemos recordar: nuestros hijos no nos dejan, ellos siguen su camino, y nosotras tenemos que seguir el nuestro.
"Pequeñas rutinas que me ayudaban a sentirme conectada sin invadir su espacio"
Uno de los aprendizajes más importantes en este recorrido fue redefinir la maternidad a la distancia. La sobreprotección ya no tiene sentido y la culpa no sirve de nada.
En cambio, el amor encuentra nuevas formas: un mensaje de buenos días, un paquete enviado con algo que sabemos que les hará bien, una llamada sin urgencias, solo para compartir el día a día. Aprendemos a ser madres sin la inmediatez del contacto, a confiar en ellos y en lo que les hemos enseñado.
Mirá También

De qué tratarán las películas "Marfil" y "Ébano": las nuevas adaptaciones de la autora del libro "Culpa Mía"
Con el tiempo, me encontré incorporando hábitos nuevos que me hacían sentir cercana. En el teléfono setee dos relojes: uno con la hora de mi ciudad y otro con la de mi hija. Así, sin necesidad de pensar, podía saber si era buen momento para llamarla o si estaba durmiendo.
Me descubrí chequeando el clima en su ciudad antes de salir de casa, como si de alguna manera pudiera anticiparme a sus días. Pequeñas rutinas que, lejos de acrecentar la nostalgia, me ayudaban a sentirme conectada sin invadir su espacio.
"Distancia no significa pérdida, significa transformación"
En mi libro Distancia del corazón, cuento cómo este proceso me llevó a descubrir que la ausencia también puede ser un puente. Que el amor no necesita proximidad geográfica para sostenerse y que la mejor manera de acompañar a nuestros hijos es siendo felices por nosotras mismas. Cada madre encuentra su manera, pero todas necesitamos darnos permiso para reconstruirnos sin culpa.
Mirá También

Tuvo cáncer de mama y lo contó en un libro: "A veces, lo único que necesitamos es atravesar un día a la vez"
Para sobrellevar este proceso, creé el grupo Nuestros Hijos Golondrina, un espacio donde madres en la misma situación pueden compartir experiencias, apoyarse mutuamente y encontrar herramientas para afrontar la distancia con mayor serenidad. Saber que no estamos solas nos ayuda a transformar la nostalgia en un vínculo renovado, lleno de amor y comprensión.
Si estás viviendo este proceso, date tiempo. Rodeate de personas que te entiendan, crea nuevas rutinas, encuentra pasiones que te llenen. Y sobre todo, recordá que la distancia no significa pérdida: significa transformación.
Nuestros hijos han partido, pero nosotras seguimos aquí, listas para abrazarlos en cada reencuentro y para demostrarles, con nuestra propia vida, que el amor es el verdadero hogar que nunca se pierde.
Silvina Scheiner es periodista, escritora y guionista. Para acceder a “Nuestros hijos golondrina” entrar a la cuenta @tallerexpressate de Instagram.
Suscribite al newsletter de Para Ti
Si te interesa recibir el newsletter de Para Ti cada semana en tu mail con las últimas tendencias y todo lo que te interesa, completá los siguientes datos:

¡Te has suscrito correctamente!

Te enviamos un correo electrónico para confirmar tu suscripción.
Por favor revisa tu cuenta para confirmar que quieres formar parte de nuestra lista de contactos.

Hubo un error intentando realizar la suscripción.
Intente nuevamente más tarde
