Aquel viernes 13 de octubre de 1972 Álvaro Mangino era solo un adolescente uruguayo de 19 años que estaba de novio con Margarita Arocena y viajaba a Santiago de Chile junto a sus amigos, aunque la tragedia de los Andes le cambió su vida para siempre y lo convirtió en un hombre a los golpes.
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Él no formaba parte del club "Old Christians Club" de Montevideo ni tampoco iba al colegio Stella Maris, aunque sus amigos le insistieron para que los acompañe.

Luego del accidente que sufrió el vuelo 571 contra la cordillera de los Andes, el joven se rompió la tibia y el peroné de su pierna izquierda, por lo que Roberto Canessa, otro de los sobrevivientes que se encargaban de curar a los heridos, le recolocó como pudo los huesos. No obstante, nunca se operó ni recibió otros cuidados, por lo que está tal cual la dejó su compañero.
Margarita y Álvaro se conectaban desde los Andes con sus cadenitas
"Yo no fui a despedirlo al aeropuerto. Nosotros intercambios nuestras cadenitas, pero antes uno se iba de viaje y no sabía nada de esa persona hasta que regresaba. Entonces, yo me fui a Punta del Este con unas amigas y ahí nos enteramos que se había caído el avión", explicó Margarita en una entrevista para el Canal 5 de Uruguay.
Además, ella explicó que nunca se enteró que el avión había parado en Mendoza porque no existía la posibilidad de que llamen con celulares, por lo que pensaba que el jueves ya habían llegado a Chile y no entendía nada cuando le decían que el viernes habían sufrido un accidente.
"Esa noche soñé con Álvaro y lo veía revolcándose por una montaña y bajando por la nieve. A las 5 de la mañana, me toca la puerta mi hermana y ahí caigo en que eran ellos, por lo que nos vinimos a Carrasco y acá era todo un velorio", relató Arocena.
"Formamos grupos para encontrarlos y todos estabamos seguros de que los ibamos a encontrar. Yo sabía que Álvaro estaba vivo, pero, cuando llegó mi papá, que era piloto, me explicó los miles de factores por los que estaba muerto y, cuando terminó, le dije: ´Acá dentro [se señalaba el pecho], sé que está vivo´", recordó Margarita.
Además, contó que, con el pasar de los días, la Fuerza Aérea dejó de buscarlos, por lo que ya los habían dado por muertos. Ese verano, sus padres habían alquilado una casa en Punta del Este, pero Margarita no quiso ir y se quedó en lo de una amiga.
Sin embargo, el 21 de diciembre, decidió irse con su suegro a Punta del Este, aunque, cuando llegó, notó que estaban todos revolucionados, por lo que no entendía qué estaba sucediendo, hasta que le informaron que habían aparecido Fernando Parrado y Roberto Canessa.

"Salí corriendo a mi casa a contarle a mi mamá, pero, cuando llegué, mi mamá me dio tranquilizantes y me quedé dormida. Al día siguiente, me confirmaron que realmente habían aparecido. Nos fuimos con mis suegros y con Rossina Machitelli, pero a ella se le murió el novio (Gustavo Nicolich)", explicó Margarita.
"En el avión, la sensación era horrible. También fue Laurita (Surraco) y ella era la novia de Roberto, por lo que estaba bien porque ya sabía que estaba vivo. Pero, Rossina también creía eso porque, en el aeropuerto, dijeron una lista trucha y, en vez de decir Gustavo Zerbino, dijeron Nicolich. Allí, tampoco estaba Álvaro, pero yo no la escuché", recordó Arocena.
Asimismo, contó que su mamá le pedía que no se vaya porque creían que Mangino no estaba vivo. "Yo le decía que no me iba a poder convencer. Finalmente, nos subimos al avión sin saber nada. Llegamos al consulado sin saber nada. Allí, nos pusieron un auto para ir hacia San Fernando (donde los estaban rescatando) y seguíamos sin saber nada", expresó.

"Nos dieron una lista ahí con los nombres de los sobrevivientes y mi suegro no podía enfocar. Hasta que logró leer y dijo: ´está vivo vieja, carajo´", relató Margarita.
Cómo fue el reencuentro entre Margarita y Álvaro
Luego, Margarita contó cómo fue el reencuentro con Álvaro después de los tortuosos 72 días en el hospital de San Fernando y que el médico que atendía a los sobrevivientes les dijo que no podían emocionarse porque los jóvenes ya no podían llorar ni perder minerales.
"Mi suegra entró y a los 5 minutos salió. Cuando lo vi, fue como ver a Jesucristo. Tenía el pelo largo, rubio, la cara llena de pelos y agarré y lo abracé. Lloramos los dos, como no ibamos a llorar y después vinieron y me sacaron porque no nos dejaban estar tanto tiempo", recordó Arocena.
Margarita relató cómo fueron pasando los primeros días y contó que, en un principio, Álvaro estaba muy cerrado y que no hablaba sobre lo que habían vivido. "Más que nada, se buscaban entre ellos. Habían formado una sociedad tan fuerte entre ellos que el grupo de pertenencia eran ellos, no nosotras", explicó Arocena.
Finalmente, Álvaro y Margarita se casaron y tuvieron cuatro hijos. Hoy en día, son dos abuelos muy felices, que viven en Uruguay.
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