Hace 19 años, el caso de Ariel Malvino conmovió a todo el país. Su muerte en Ferrugem, Brasil, dejó una herida abierta en la sociedad argentina y marcó a quienes lo conocieron. En aquel entonces, tuve la tarea de reconstruir su perfil para Para Ti, de poner en palabras quién era más allá de los titulares.
Hoy, con la reciente sentencia que trajo justicia a su absurda muerte, quiero volver a contar quién fue Ariel, desde la mirada de aquellos compañeros de facultad que compartieron con él los últimos momentos de su vida. Para preservar su identidad, usaré solo las iniciales de sus nombres. Aclaración: Las fotografías de Ariel de esta nota fueron cedidas por quienes eran los compañeros de
la facultad en aquella época.

Entre amigos
"Me voy dejando una deuda pendiente". El último mensaje de texto que Ariel le envió a D. M. aparece en el visor de su celular. Fue en respuesta al "Ojo con las brasileñas!" que ella le había mandado el pasado 14 de enero, cuando Ariel estaba en pleno viaje rumbo a Florianópolis. D. acerca su teléfono para mostrar los mensajes a Para Ti, y dice: "Nunca los voy a borrar".
Le cuesta resignarse: "A veces pienso que en cualquier momento va a sonar el teléfono y del otro lado él me va a decir 'Hola, D.', como me decía siempre". De repente, una sonrisa le gana terreno a la tristeza y con mirada cómplice cuenta: "Teníamos una amistad especial. Había mucha onda entre nosotros". Los dos se habían conocido en la Universidad de Belgrano, donde él estudiaba Derecho y eran parte de los 17 "perseverantes" -así se autodenominaban- que habían llegado a cursar el cuarto año de la carrera.

A Ariel le faltaban cuatro materias para recibirse, pero el pasado 30 de octubre disfrutó con todo el curso de la fiesta de graduación anticipada que organizaron en Mint. "Me llevo el recuerdo de cómo nos divertimos en la fiesta de egresados. Me acerqué y le dije: 'Te deseo lo mejor, sos un pibe de diez"", cuenta otra de las compañeras del curso de Ariel, que prefiere mantener su nombre en el anonimato.
"Ariel era un tipo cero pelea", afirma N. P., que junto a J. P. y H. G. conformaba el grupo de amigos de la facu. "Era muy tranquilo, incapaz de pelearse", sigue diciendo. "Era un chico muy bueno. Excelente persona, muy pacífico. Se llevaba bien con todo el mundo", insiste en la idea S. S., otra compañera de la facultad que sólo lo conoció en los recreos porque no iban al mismo curso.
Y M. A., otra de las compañeras de curso, comenta: "Cuando me enteré de lo que había pasado no lo podía creer: ¡No podía ser que Ariel estuviera en una pelea! No era de levantar la voz ni de meterse en problemas. Era tímido y muy inocente".
Todos coinciden: a Ariel, hijo único -Patricia, su mamá, trabaja en la escribanía de su padre, Alberto Malvino, que también es presidente de la delegación San Martín del Colegio de Escribanos de la Provincia de Buenos Aires-, no le gustaba la violencia. El era el que siempre apaciguaba los ánimos en la facultad y el mediador del curso cada vez que surgía algún conflicto. Y sin duda esto fue lo que le costó la vida el pasado 19 de enero, frente a la Pousada Maunaloa, la esquina más céntrica de Ferrugem.

"Me contaron que él salía del bar cuando vio la pelea. No conocía a los chicos que estaban peleando, pero se acercó para calmar la situación. Les dijo algo así como: 'Chicos, vamos, no se peleen que estamos de vacaciones', y ahí la ligó", cuenta D. Según los testimonios de la gente que se encontraba en el lugar, después de aquellas palabras un rubio "grandote" le asestó un par de trompadas.
"Pará, loco, pará", suplicó él frente a la catarata de piñas y antes de recibir el golpe fatal en la mandíbula, tan fuerte que lo desmayó. Ariel cayó con peso muerto: "El golpe de su cabeza contra los baldosones de la vereda sonó a roto", aseguraron algunos testigos y, de inmediato, Ariel empezó a convulsionar. Aseguran que en ese momento alguien tomó una piedra de 17 kilos y se la arrojó sobre el pecho.
Sueños rotos
Ariel vivía con sus padres en un edificio de Olleros al 1800. Había hecho la primaria y la secundaria -bachillerato comercial en el Instituto San Roque, de Villa Ortúzar. De ahí conservaba sus mejores amigos -Fernando, Federico y Juan Manuel, entre otros- con quienes había organizado el viaje a Ferrugem.
El viajó en micro con cuatro de ellos y luego se encontró allá con el resto del grupo. Dicen que hacía amigos en todos lados donde iba. "Muy buen compañero y hermano de sus amigos", recuerda M.. Además del grupo del colegio y de la facultad, también tenía un nutrido grupo de amigos con los que jugaba al fútbol y al tenis los fines de semana en el country de Banco Provincia.

Ariel era goleador e integraba al equipo juvenil de Banco Provincia "Blanco" con el cual había participado en varios torneos intercountries. "Vivía cuidándose porque tenía que jugar al fútbol -cuenta Macarena-, siempre hablaba de su equipo favorito, Boca, y aprovechaba cualquier momento para organizar un partido de fútbol con sus amigos".
"Si tenía que jugar un domingo o estudiar para un examen, el sábado anterior no salía", agrega otra de las compañeras. No fumaba ni tomaba alcohol. Y dicen que no era de salir mucho de noche. Le gustaba mucho el rock and roll y detestaba la marcha. "Eso lo ponía de mal humor", comenta con una sonrisa D.
En la facultad era sumamente responsable. Quería ser notario como su papá. Este año planeaba trabajar en la escribanía familiar porque solamente le quedaban cuatro materias para terminar su carrera. "Vivía preocupándose por los demás, para que a todos les fuera bien en los exámenes", cuenta S.. Todas las mañanas caminaba las dos cuadras que separaban su casa de la facultad y era uno de los primeros en llegar al bar antes de la clase.
Y dicen que "si tenía un examen, se cronometraba los días para estudiar. Era muy obsesivo y perseverante con el estudio. No quería defraudar a sus papás". No podía estudiar en grupo porque decía que se dispersaba y hacía sus propios resúmenes. "Siempre tenía encima sus marcadores resaltadores para marcar los libros y resumir", cuentan.
Ariel era muy familiero, respetaba y amaba con locura a sus padres. El año pasado, a mitad de año, se había ido de vacaciones con ellos a los Estados Unidos, y también había compartido la Navidad con Patricia, Alberto y su abuela Zulema en Uruguay. "Toda la familia está destrozada", fue lo único que comentó por teléfono la empleada doméstica que trabaja en la casa de la abuela de Ariel.
Los amigos de la facultad coinciden al decir que van a extrañar su risa contagiosa, su buen humor y esa necesidad de preocuparse por el bien de los demás. "Era una persona de gran espíritu, lo recuerdo siempre con vida, con su risa contagiosa surgiendo a destiempo", expresa M.. N. agrega: "Siempre estaba de buen humor, hasta cuando lo bochaban en la facultad. Les buscaba el lado positivo a todas las cosas. Nunca se enojaba. Y si lo hacía, le duraba poco. Era el mejor compañero".
No tenía novia. Cuenta que hacía meses había terminado una relación larga -la novia "de siempre"-, una chica de Villa Urquiza. "Sumamente atento", señalan sus compañeras de facultad. Después de cada salida, a la noche, él se preocupaba en llevar a cada una hasta su casa en el auto de su mamá. Nunca las dejaba solas. "Se notaba que tenía una enseñanza bien inculcada desde la cuna", sostiene una de las chicas.
Era fanático de Maradona, "tanto que gesticulaba y hablaba como él -cuenta D.-. Siempre lo gastaba con ese tema". Dicen que fue dos veces a la casa de Maradona para verlo en persona, pero se lamentaba por no tener su autógrafo. "Lo defendía a muerte. Y cuando estaba el programa, no podías molestarlo por nada en el mundo", asegura N.
Devoto de la Virgen de Luján y muy religioso, son otras cualidades que "pintan" a Ariel. Dicen que cada tanto solía hacerle alguna promesa a la Virgen y que iba frecuentemente a la iglesia.
Vivía obsesionado con el cuidado del pelo. Era un fanático y se ponía productos para tenerlo bien. "Yo me sentaba detrás de él y siempre se pasaba la hora de clase tocandóselo", dice sonriendo D., que al finalizar la entrevista confiesa que va a extrañar las charlas de dos o tres horas que solía entablar con él y lo compinches que eran.
Lamenta esa "deuda pendiente" que Ariel le comentó a través del mensaje del celular. Y deja escapar una reflexión: "El soñaba con recibirse y trabajar con su papá. Le quedaron muchos proyectos en el camino. Se llevaron la vida de él, sin importarles nada. A veces uno se pregunta por qué pasan estas cosas y se enoja con Dios. Se dice que el tiempo lo cura todo; ojalá funcione porque no puedo dejar de pensar en el dolor de sus papás".
Madrugada fatal
El 15 de enero de 2006, Ariel llegó a Ferrugem, Brasil, junto a 8 amigos. Se alojaron en la Pousada do Sol y pensaban quedarse 10 días. El 18 de enero planeaban pasar la noche en Florianópolis, pero desistieron de la idea y se quedaron en Ferrugem. Aproximadamente a las 4 de la madrugada del 19, Ariel -que caminaba detrás de Fernando y Federico- se detuvo para intentar frenar una
pelea entre dos grupos de argentinos.
Les habría dicho: "Chicos, no se peleen que estamos de vacaciones". Entonces alguien le pegó, él cayó al suelo desmayado y empezó a sufrir convulsiones. Luego, le tiraron sobre el pecho una piedra de 17 kilos. La ambulancia tardó 50 minutos en llegar al lugar por el camino de tierra y otros 40 en arribar al hospital San Camilo de Imbituba. En el camino, Ariel hizo un paro respiratorio. Lo reanimaron pero repitió el cuadro, del cual ya no salió. La autopsia reveló que había muerto por traumatismo craneoencefálico.
Nota de Redacción: Esta nota salió publicada en la edición de Para Ti 4359.
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